Historia y Filosofía de Calvary Chapel

La filosofía de Calvary Chapel, en lo concerniente al rol y la función de la iglesia, la encontramos en la Epístola a los Efesios 4:8-13 donde Pablo habla acerca de Jesucristo, “…quien ascendió al cielo, y quien primeramente descendió a las partes más bajas de la tierra. Y cuando ascendió, llevó cautiva la cautividad. Y les dio dones a los hombres, constituyendo a unos apóstoles, a unos profetas, a algunos evangelistas y a otros los constituyó pastores y maestros”. Enseguida Pablo declara la razón por la cual el Señor ha constituido a estos hombres de esta manera; “…para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio y para la edificación del cuerpo de Cristo”.

Creemos que la iglesia existe principalmente para Jesucristo, para proporcionarle gozo, para la alabanza y gloria de su gracia. El Señor ha creado la iglesia para sí mismo, por su voluntad, así pues, la iglesia existe principalmente para él, es su iglesia. Cristo dijo: “Sobre esta piedra edificaré mi iglesia”. Nosotros somos parte de su iglesia.

Solo hay una persona que puede decir: “Mi iglesia”, esa persona es Jesucristo. Es su iglesia. Sin embargo, es importante notar que uno no puede afiliarse a ella, tiene que nacer en ella. Nosotros nacemos de nuevo por el Espíritu Santo de Dios en la iglesia de Jesucristo.

¿Cuál es entonces el propósito de su iglesia? Glorificar a Dios, ser instrumento del ministerio de Dios, para el Señor. Pero además en un sentido secundario, la iglesia existe para la edificación y fortificación de los santos, para llevar a los santos a la madurez plena, para que puedan participar en la obra del ministerio.

Cuando asistí al seminario, el pastor Oswald J. Smith de la iglesia “People’s Church” en Toronto Canadá y mundialmente conocida por estar orientada principalmente hacia la labor misionera, hacia mucho énfasis sobre las misiones en el extranjero. En sus conferencias le escuché decir una y otra vez que el propósito principal de la iglesia era la evangelización del mundo. Le escuché decirlo tantas veces que lo acepté como una verdad contenida en el evangelio.

Así pues, cuando me inicié en el ministerio, me propuse evangelizar al mundo. Mis sermones siempre eran evangelísticos. Siempre eran seguidos por una invitación, que decía: “Inclinen sus cabezas, cierren sus ojos, y sin que nadie mire a su alrededor, quien quiera recibir a Jesucristo esta noche, levante su mano y bájela de nuevo”. Todo estaba encaminado hacia la evangelización. Yo buscaba evangelizar porque sentía que el propósito primario de la iglesia era la evangelización del mundo, así se me había instruido.

Sin embargo pronto descubrí que la cosa más difícil en este mundo es, tratar de ser algo que Dios no creó. Pablo preguntó: ¿Son todos apóstoles, profetas, son todos evangelistas? La respuesta obviamente, es no. No todos tienen el llamado de evangelistas, no todos son llamados a ser pastores y maestros, no todos reciben el llamado a ser profetas; y tratar de ser algo que Dios no hizo, es la cosa más difícil del mundo. Yo estaba tratando de ser algo que Dios no me había llamado a ser.

Pablo, al abrir su carta a los Efesios dice: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios”. Yo puedo aceptar eso. Yo puedo decir, “Chuck, pastor y maestro por la voluntad de Dios”. Es importante que descubramos qué es lo que somos por la voluntad de Dios.

Por años quise ser “Chuck, el evangelista, por la voluntad de Chuck”, pero eso no era la voluntad de Dios, yo estaba tratando de conformarme al molde de la denominación en la cual estaba sirviendo. Era una denominación cuyo énfasis era la evangelización; la exhortación se consideraba mayor en orden de importancia, que la exposición de la palabra, por lo tanto, no fomentaban el papel de “pastor y maestro”. Esperaban que todos los pastores fueran evangelistas; sin embargo yo era un fracaso total como evangelista; mi esposa trataba de ayudarme, ella veía mis frustraciones y me decía: “Cariño, no eres lo suficientemente dinámico”. Me decía: “Observa a Billy Graham, él no se queda inmóvil detrás del púlpito, se mueve de aquí para allá”. Me decía: “Tienes que aprender a moverte, a ser más dinámico”. Yo trataba pero no me servía de nada; estaba frustrado porque buscaba ser algo que Dios no me había hecho.

Al empezar a leer y estudiar la palabra de Dios, no pude encontrar la escritura que dijera que el propósito principal de la iglesia era la evangelización del mundo; hasta hoy no he podido encontrarla. Sin embargo, si encontré en Efesios 4 que Dios ha colocado a hombres que han recibido dones para ser apóstoles, evangelistas, profetas, pastores y maestros para el perfeccionamiento de los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo. Esto introdujo un tremendo cambio filosófico en mi vida, en lo que se refiere a mi concepto del propósito de la iglesia. En lugar de ver la evangelización del mundo como el propósito principal, vi que el propósito de la iglesia era el perfeccionamiento de los santos, el fortalecer a los creyentes, trayéndolos a la madurez, alimentarlos, amarlos, fortalecerlos para que sean aptos para participar en la obra del ministerio; pues me di cuenta de que Dios nos ha llamado a todos y nos ha colocado en su cuerpo y Él tiene un plan y un propósito para cada uno de nosotros. Por esta razón Pablo nos menciona en Efesios 4 que Dios ha constituido a estas personas en la iglesia, “…para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, la edificación del cuerpo de Cristo, hasta llegar a la unidad de la fe y el conocimiento del hijo de Dios, a la plena madurez, a la medida de la estatura y plenitud de Cristo; para ya no ser como niños llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina …si no que hablando la verdad, en amor, puedan crecer en Él en todas las cosas, el cual es la cabeza: Cristo". De esta manera, al cambiar mi filosofía, ya no predicaba “sermones evangelísticos” sino que empecé a enseñar la palabra de Dios de una manera consistente, diseñada para producir crecimiento en los creyentes.

Cuando comencé en el ministerio, todos mis sermones contenían un tema particular centrado en evangelismo. Tenía sermones para cubrir un lapso de dos años, así que cada dos años yo le solicitaba al supervisor un cambio de iglesia, de esa manera me cambiaba a un lugar nuevo y predicaba mis dos años de sermones nuevamente. Hice esto en cuatro comunidades hasta que finalmente acabé en Huntington Beach, California. A esas alturas, mi hija la mayor había empezado a ir a la escuela y a mí personalmente me encantaba vivir en Huntington Beach. Era una bonita comunidad a la orilla de la playa con sólo 6000 habitantes, en aquel tiempo, empecé a conocer y a apreciar a la gente. Sin embargo, se me estaban terminando los sermones porque, cuando se predican sermones de temas particulares, es difícil encontrar el texto. Buscar entre toda la Biblia un texto para predicar cada semana, es difícil, pues la Biblia es un libro de gran tamaño. De esta manera me encontraba cada semana buscando, leyendo, hasta que algún texto verdaderamente me impactara. Desde luego, yo tenía que tener tres sermones preparados por semana, cada vez me era más difícil encontrar mi texto, ya que debía ser en el área de evangelismo. Cuando por fin encontraba el texto me era posible desarrollarlo, pero encontrarlo era siempre un problema.

Durante ese período, me encontré con un libro que se titula: “El apóstol Juan”, escrito por Griffith Thomas, y en la parte central del libro había estudios trazados sobre la primera carta de Juan. Empecé a leer los estudios de primera de Juan y me encontré con que eran unos excelentes bosquejos descriptivos de esa epístola. Había cuarenta y tres de ellos, y pensé: “¡Fabuloso! Puedo permanecer aquí en Huntington Beach otro año, tan sólo con enseñar el libro de Juan”. Así que le anuncié a la gente, un domingo por la mañana, que el siguiente domingo empezaríamos un estudio sobre la primera epístola de Juan.